Cuando la violencia no comienza con el crimen

El caso reciente de una menor desaparecida y presuntamente asesinada por alguien de su entorno, su propio tío, nos obliga a una reflexión urgente que va más allá de la indignación momentánea. No se trata solo de un hecho criminal, sino de una cadena de fallas que preceden al crimen y que, muchas veces, pasan inadvertidas hasta que ya es demasiado tarde.


La violencia más cruel y atroz no siempre llega desde fuera. Con frecuencia ocurre en manos de quienes debían proteger, cuidar y resguardar. Ese es, quizá, el aspecto más perturbador de estos casos: no es solo la brutalidad del acto final, sino la traición al vínculo de confianza que debía ofrecer seguridad.


Solemos reaccionar cuando el golpe ya ocurrió, cuando la agresión sexual se confirma o cuando el crimen se consuma. Sin embargo, la violencia no comienza ahí. El crimen es el desenlace visible, pero la violencia empieza antes. Comienza cuando se ignoran señales, cuando se normalizan conductas, cuando el entorno calla, cuando las instituciones no actúan o actúan tarde.


En los casos de niñez vulnerada, la prevención no puede entenderse como un concepto abstracto o aspiracional. Prevenir es intervenir a tiempo, es escuchar alertas, es articular respuestas reales entre familia, comunidad y Estado. Cuando esa red falla, sea por negligencia, descoordinación o indiferencia, la violencia encuentra espacio para crecer y reproducirse.


Hablar de protección infantil no es solo un ejercicio moral, es una responsabilidad estructural. Un Estado que no logra detectar riesgos, que no acompaña oportunamente y que no garantiza mecanismos eficaces de protección, deja a la niñez expuesta a escenarios donde el daño se vuelve posible. Y cuando eso ocurre, no estamos frente a hechos aislados, sino frente a una falla colectiva.


La indignación es comprensible, pero insuficiente. La pregunta incómoda que debemos hacernos es qué se ignoró antes, qué no se atendió a tiempo y por qué los sistemas llamados a proteger no llegaron, o llegaron demasiado tarde. Sin esa reflexión profunda, seguiremos reaccionando después del crimen, cuando ya no hay nada que reparar.


Proteger a la niñez no puede depender del azar ni de la buena voluntad individual. Requiere prevención real, instituciones que funcionen y una sociedad que entienda que el silencio y la omisión también son formas de violencia.


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