Aprender a poner límites también es una forma de respeto.

Durante años, muchos, por lo menos a mí me ha pasado, confundimos ser buenas personas con estar siempre disponibles. Decir que sí, aunque estemos cansados. Aguantar, aunque nos incomode. Callar, aunque nos duela. Y no: eso no es generosidad, ni bondad. En la mayoría de las veces es miedo.

Miedo a incomodar.

Miedo a que se alejen.

Miedo a decepcionar.

Miedo a que, al decir «no», dejemos de ser queridos.

Aprender a poner límites no nos hace fríos ni egoístas. Nos hace responsables de nuestra energía, de nuestro tiempo y de nuestra paz. Un límite no es un rechazo. Es una forma clara de decir: hasta aquí puedo, así me cuido, esto sí, esto no.

Los límites ordenan las relaciones. Aclaran expectativas. Evitan resentimientos que, tarde o temprano, terminan saliendo mal. Decir “no” sin explicaciones eternas también es válido.

Alejarse de lo que desgasta no es huir, es priorizarse. Elegir la calma no es rendirse, es madurez. Y algo importante: quien se molesta por tus límites, probablemente se beneficiaba de que no los tuvieras o no los pusieras.

Aprender a poner límites no cambia quién eres. Cambia cómo te tratas. Y eso, en la vida diaria, lo transforma todo.


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